#SALUD: “No me gusto” ¿Por qué nos incomoda ver nuestra imagen?

“No aguanto verme en la pantalla grande. Cuando veo una película en la que he aparecido, sólo percibo mis defectos, no puedo prestar atención a nada más. Soy increíblemente consciente de mis puntos débiles. Si te ganas la vida utilizando tu cara, la gente empieza a hablarte de lo que no les gusta, y de forma muy directa”. Esta es la forma en la que la famosa actriz Keira Knightley, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, reconocía sus inseguridades en la revista Vogue.

Cabría esperar que una actriz con su experiencia, considerada además una de las mujeres más bellas del mundo por una encuesta realizada en FHM, tuviese una mayor seguridad acerca de su imagen corporal. Y sin embargo, la actriz londinense aseguraba que observarse en la pantalla era una fuente de ansiedad continua.

Algo semejante ocurre con Zac Efron, otro sex symbol, en este caso, masculino. “Cada vez que me veo en la pantalla, lo primero que identifico son mis defectos”, señalaba el actor. “No sé por qué, pero siento escalofríos. Le termino dando muchas vueltas, y sólo después de un tiempo, puedo volver a verme sin sentirme mal”. Ya Marilyn Monroe, la considerada por muchos como mujer más bella del siglo XX, apuntaba en su día que era una persona “egoísta, impaciente y muy insegura”.

Muchos argumentarán que el hecho de que la Ambición Rubia no confiase en su propia imagen no es más que el síntoma de otro tipo de problemas. Pero también es cierto que mucha gente no puede evitar una sensación de incomodidad al ver su cuerpo en una pantalla, moviéndose y hablando ante ellos, algo a lo que no son inmunes las grandes estrellas.

Un espejo moderno

Según los libros de Historia, Napoleón se sentía acomplejado por su altura. Es fácil darse cuenta de tal situación cuando mides alrededor de 1,67 metros, te has coronado emperador y todos los que te rodean son sensiblemente más altos que tú: sin embargo, el francés jamás se vio en en movimiento. La mayor parte de inseguridades actuales aluden a otro tipo de características físicas: no nos gusta cómo nos movemos. Y esto es porque la imagen secuencial añade una dimensión temporal a la imagen fija (fotografía y la pintura), que hasta hace poco había sido la principal forma de saber qué imagen ofrecemos a los demás.

Se trata de una sensación semejante a lo que ocurre cuando escuchamos nuestra voz reproducida en una grabación y nos parece fea, extraña o simplemente, alienante. Dado que nuestra cabeza funciona de caja de resonancia y el sonido viaja de forma distinta a través de lo sólido que del aire, no percibimos nuestra voz como propia, y automáticamente la rechazamos. Con el cuerpo ocurre algo muy semejante.

Imagen fija, cuerpos en movimiento

Nuestra imagen actual es ambigua, defiende el profesor Mike Featherstone de la Universidad de Nottingham Trent. La tecnología ha provocado que la imagen que tenemos de nosotros mismos sea, ante todo, cambiante, condicionada por la presencia frecuente de cámaras en nuestro entorno inmediato.

Un estudio realizado por el propio Mike Featherstone señala que los avances tecnológicos han cambiado la forma en que nos conocemos, y no necesariamente para mejor. “Este estudio pone en duda la simplista lógica que asume que las transformaciones técnicas derivarán necesariamente en una más positiva imagen corporal”, señalaba el autor al comienzo de su estudio Cuerpo, imagen y afecto en la cultura del consumidor. “Al contrario, el cuerpo en movimiento, el cuerpo sin imagen, que se comunica a través de los sentidos, puede anular la percepción de nuestra imagen”, proseguía.

“En la ausencia de un espejo, la grabación de la cara y el cuerpo a través de la imagen en movimiento se convierte en la forma dominante de representar la imagen corporal, pero también de imaginar nuestro cuerpo”, señalaba Featherstone en el estudio. Durante el siglo XIX, el retrato nos daba una imagen fijada, preparada de antemano y seleccionada, de nuestro ser: era la imagen de la incipiente burguesía. Cada persona se presentaba a sí misma rodeada de características que representaban su estatus social y la imagen con la que quería ser identificada. Aunque el Photoshop y otro tipo de retoques informáticos apuntan a una idealización mayor del retrato humano, gran parte de las imágenes que nos representan hoy en día (fotografías de fiesta, vídeos que se realizan sin que nos demos cuenta) nos ofrecen una imagen de nosotros mismos que no hemos podido prever ni diseñar, meramente casual.

El cuerpo afectivo

Featherstone señala que, por mucho que lo pretendamos, nuestra imagen ya no obedece a un criterio cerrado, conformado por nuestros signos externos (ropa, corte de pelo, estética), sino a de qué forma conseguimos que nuestro cuerpo reproduzca los movimientos que concuerden con la imagen que queremos ofrecer. De ahí que la imagen en movimiento nos haya hecho mucho más conscientes de que no somos cuerpos estáticos, en pose perpetua, sino figuras en movimiento que tienen su propio lenguaje y que pueden desmentir nuestras palabras y nuestra imagen. Por eso es un shock vernos en pantalla.

“Ya no se trata sólo de reformar nuestra piel y musculatura a través de tratamientos de puesta a punto y cirugía estética, sino de una transformación completa que requiere también adoptar métodos de actuación”, señala Featherstone. “Hay que aprender a interpretar el papel de la nueva persona que uno ha elegido convertirse”.

Así, el mundo actual nos pide ser “cuerpos que tienen el poder de afectar a los demás; que poseen fuerza social en el entorno urbano y en los espacios de la sociabilidad. Ya no se trata sólo de la transformación física, sino cambiar todo un estilo y una forma de vivir”. Y concluye que “frente a la imagen corporal habitual, claramente definida, se siente de otra forma y no parece producto de la artificialidad o de una mera puesta en escena.” Y señala a la imagen de distensión y simpatía utilizada por políticos como Ronald Reagan para mostrar que son figuras en las que se puede confiar.

Una herramienta de ayuda

Sin embargo, podemos aprender una gran cantidad de cosas acerca de nosotros mismos si aceptamos pasar el mal trago y nos observamos en vídeo. Un estudio realizado por el Departamento de Psicología de la Universidad de Waterloo en Ontario, Canadá, ha propuesto un modelo de terapia cognitiva-conductista basado, precisamente, en la auto observación en vídeo, con el objetivo de tratar a los pacientes con desórdenes de ansiedad social.

Se trata del otro lado del espectro respecto a Knightley y Efron: debido a que la imagen que de sí mismos tienen estas personas es muy negativa, la observación de sí mismos en movimiento les hace valorarse de forma mucho más positiva. Sin embargo, matizan los estudiosos, esto sólo ocurre en aquellos casos en los que se recibe consecutivamente una preparación cognitiva previa, se muestra el vídeo con su propia actuación a los pacientes y, finalmente, se realiza un repaso de lo ocurrido. En estos casos se encuentran mucho mejor cuando tienen que volver a hablar en público. En el resto, simplemente verse en la pantalla no causa ninguna modificación de la conducta.

Emitimos un gran número de señales que se escapan a nuestro control mientras nos relacionamos con los demás. Así que registrarse y verse a uno mismo, o dejar que los demás opinen acerca de nuestro lenguaje no verbal, por doloroso que pueda parecer, es la mejor forma de atajar esos signos subliminales e indeseados que ofrecemos a los demás. Porque la imagen que ofrecemos a los demás no es esa idealización estilizada e imperturbable que tenemos en nuestras cabezas, sino ese muñeco en movimiento que aparece en los vídeos familiares y que tan nerviosos nos pone.

Vía: Informe21.

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